
Nací en Ramos Mejía en el 48 y crecí en una casa de patio
grande donde mi familión festejaba la vida. Abuelos, tíos,
amigos, vecinos, todos juntos. Nacimientos, Navidades,
casamientos en los que mis tíos cantaban tangos y mi viejo
los bailaba con alegría contagiosa de gordo elegante trasladando
con destreza 100 kilos de simpatía. Allí vi a mis primas
con sus polleras tubos para milonguear con Darienzo, a
mis primos acomodarse el jopo a lo Elvis mientras escuchaban
el Glostora Tango Club o un concurso de cantores que finalmente
ganó un colectivero de Saavedra. Después vinieron la nocturna
y los Beatles. San Telmo y Vox Dei. La Facultad y Piazzola.
El dibujo y Pink Floyd. La escenografía y Goyeneche. La
pintura y mi mujer. Y mis hijos y mis sueños de patio
grande. Hoy mi viejo patio cobra una nueva imagen, los
viejos duendes empilchan nuevas glicinas aquí en San Cristóbal,
mi barrio, en la cortada Danel (que